El terremoto en Venezuela me dejó una gran lección.
Me recordó que estar vivos es un verdadero milagro.
También me hizo comprender que el dolor de cada persona que vivió esta tragedia es, de alguna manera, mi propio dolor. Imaginar a quienes quedaron bajo los escombros, a las familias que perdieron a sus seres queridos o a quienes lo perdieron todo, estremece el alma.
Porque, aunque lo material puede recuperarse, verlo desaparecer en un instante duele profundamente. Y comenzar de nuevo, desde cero, llena de incertidumbre y de miedo.
Pero, en medio de tanto sufrimiento, también quedó al descubierto lo mejor del ser humano: la solidaridad, la empatía, las manos que ayudan sin preguntar, los corazones que se unen para levantar al que cayó.
Lamentablemente, también vimos el otro rostro: el de quienes, sin escrúpulos, se aprovechan de la vulnerabilidad y el dolor ajeno. Esa realidad duele tanto como la tragedia misma.
Aun así, elijo quedarme con la esperanza.
No tengo dudas de que mi Venezuela volverá a levantarse. Se reconstruirá con la fuerza de su gente, con su fe, con su resiliencia y con ese espíritu que nunca se rinde.
Y estoy convencida de que volverá a ser una tierra próspera, abundante y llena de oportunidades.
Porque los venezolanos hemos demostrado una y otra vez que, incluso en los momentos más difíciles, siempre encontramos la manera de volver a empezar.
🇻🇪 Con fe, esperanza y amor, Venezuela volverá a florecer.
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